Ana Julia Quezada hizo creer a la Guardia Civil que había secuestrado a Gabriel Cruz hasta el día de su detención
El pelo de Ana Julia vuelve a rizarse. Conforme avanza el juicio, poco a poco la melena de la mujer, que mató con sus propias manos a Gabriel Cruz, de ocho años, va volviendo a su ser. Y se riza, se tuerce y se enrosca, como se enroscó ella con sus sucesivas parejas -cinco en España, que se sepa- e incluso con la Guardia Civil durante 12 frenéticas jornadas del invierno de 2018 jugando al gato y el ratón.
El pasado lunes, en la primera sesión del juicio, carente de noticias, el aspecto de la homicida confesa concitó la (quizás perezosa) atención de los informadores. La mujer alta, de pelo fosco y habituales mallas de los días de la búsqueda apareció renovada, tal vez más horizontal, cuando llegó el cadalso de la Justicia: atuendo blanco, look más dulcificado y melena lisa. Tan recta como ella misma, en su enésima encarnación, quería aparecer ante el jurado que podría mandarla a prisión de por vida.
El problema es que los renglones comenzaron a torcerse (siempre lo hacen) sobre todo ayer, cuando empezaron a emerger, en las declaraciones de los testigos, su capacidad de «manipulación», el «interés económico» con el que amamantaba y cegaba a sus parejas, su probada capacidad para la mentira -de la que es testigo nada menos que todo un país- y, sobre todo, su innegable talento para generar escenarios, una siniestra luz de gas, en su derredor.
Complejas telas de araña en las que incluso llegó a enredarse, al menos durante bastantes días, la propia Guardia Civil, que libró con la mujer, de 45 años, una sutil y apasionante (si no fuera porque hay sobre la mesa el cadáver de un niño) partida de ajedrez, de poder a poder, repleta de señuelos, amagos y recovecos que se van desplegando estos días, lenta, morosamente, ante el jurado de siete mujeres y dos hombres que decidirá su destino.
